ARTISTAS: Iván Castiblanco y Ërika Díaz


7 de marzo - 29 de abril 2025

AL INTERIOR DE UNA CASA: CRUCES EN AMBIENTES CONTROLADOS

“Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”.  Gastón Bachelard


Ver una casa, pensar en sus espacios, las paredes, los objetos que la ocupan, pensar los seres que la habitan, los deseos que suscita. Ese contenedor, que aunque permanente en concepto, es efimero en la realidad; porque las casas cambian, se remodelan y otras veces se demuelen y aunque en algunos casos su existencia es inmortal, en la mayoría, mutan. 

Las casas se convierten en referentes de un pasado, un momento, un relato. Son espacios históricos, zonas de encuentros y de cruces. Ahora bien, pensar la casa es sinónimo inevitable de cavilar la idea de hogar; ese lugar donde se es, y se aprende a ser. Donde habitamos, convivimos, y crecemos. La casa es el epicentro del diálogo constante entre el pasado y el presente. Donde la memoria se entreteje y se enriquece, como lo dice Mona Chollet en su libro En Casa: una odisea del espacio doméstico, porque la casa, más que una simple estructura física, es un organismo vivo que alberga experiencias, deseos y silencios compartidos.

La casa así como la brújula, es el norte, es a dónde nos dirigimos cuando queremos encontrarnos, donde se halla lo esencial dentro de la cotidianidad, es el refugio. Entender la casa como un compendio de ambientes que bajo circunstancias específicas trazan el rumbo de la existencia misma, es una suerte de odisea, porque la casa también nos reta. 

La casa está cargada de significados y simbolismos, y es por ello que aunque esta exposición lleva por título “Cruces en ambientes controlados”, las obras que la componen nos abren el camino para reflexionar sobre aquella morada que tanto íntima, nos descubre una puerta a nuestro pasado (y al de otros) a través de aquellos objetos que nos hablaron de la historia de lo que somos. Objetos que como catalizadores contienen remembranzas y relatos personales.

Es así como en el primer ambiente que nos evoca la casa, se encuentra en las obras de Iván Castiblanco. Su trabajo aunque se lea desde la aparente ingenuidad de la infancia, nos traslada a aquella instancia primigenia del ser humano, la niñez. Ese inicio donde se moldea el concepto de la identidad, la fe, los recuerdos, y por tanto sus obras se conciben como objetos arqueológicos en tanto que cuentan una historia pasada que reconstruyen un legado material de lo tangible, a través de juguetes que carecen de género o de edad, mobiliario que nos traslada a las habitaciones, y pinturas que sin duda hacen presencia en estos lugares donde la memoria se resguarda.

Los osos, las alfombras, los juguetes, las baldosas, inmortalizan ese recuerdo de lo que algún día fuimos, permaneciendo en un tiempo infinito que confiere al espectador la capacidad de recordar aquello que una vez fue vivido. 

Por otro lado, la obra de Erika Díaz, nos traslada a un segundo ambiente, a una instancia más adulta, más lejana. A los espacios comunes de los hogares, donde los encuentros de las mujeres tenían lugar.  A las salas donde la hora del té, compuesta por panecillos, canapés, bebidas aromáticas y cafés desfilaban sobre las mesas, casi que al compás de una música imperceptible, que se coordina con altísima precisión y suntuosa delicadeza al levantar cada una de las tazas de sus pequeños platillos.  Su obra aunque supuestamente frágil, es tan sólida como las tradiciones que la motivan y tan bella como las finas pinturas que decoran cada una de estas piezas. 

Las piezas de porcelana que alguna vez despertaron admiración entre quienes las coleccionaban y una suerte de fascinación en quienes las codiciaban, hoy se deconstruyen fragmentando el objeto inicial e integrando objetos de carácter ornamental y origen artesanal; cerámicas cuya robustez, se amalgama suavemente, con las sofisticadas porcelanas de origen chino y europeo, sugiriendo una reflexión sobre el entorno íntimo, social e histórico que estos objetos aparentemente olvidados en estos tiempo, confieren hoy a la configuración del ser femenino.

Es por esto que Cruces de ambientes controlados, es sin duda una manifestación poética de lo que significa el habitar una casa, un hogar, un territorio de evocaciones y ausencias. Donde lo íntimo, lo privado, lo frágil, lo evanescente se vuelve potente, resignificando los vestigios de las historias que emergen de la nostalgia de lo familiar.

Camila Téllez Posada

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Más que un retrato